En Chile no existe la derecha

En Chile no existe la derecha

Para resolver los problemas primero se deben diagnosticar correctamente. No se puede curar al enfermo si no se sabe lo que tiene. Cuando el lector pase por las líneas de esta columna quizá sienta desesperanza, “que todo está perdido”. Ese es el primer paso para poder cambiar las cosas. Y es que debe saber que no está solo, que muchos piensan igual que él, que debe encontrarlos. 

La tesis que exploraremos acá es que no existe una derecha en Chile (al menos no a nivel institucional, político-formal), lo que existe es una anti-izquierda, es decir, gente que se opone a las barbaridades que proponen los comunistas solo por inercia. Sin coraje, sin convicción, sin principios, muertos en vida andantes que corren en círculos, con miedo permanente, acorralados por una izquierda empoderada luego del estallido insurreccional.

Vamos por partes. 

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA

El estallido era predecible dada la tendencia que muestra la centroderecha chilena de gobernar para la izquierda, la cual quedó de manifiesto desde el inicio del segundo mandato de Sebastián Piñera. Es un asunto de mera lógica que si traicionas a tus votantes te quitarán el respaldo. Gobernar para quienes te odian dándoles concesiones solamente logra que te odien. Así fue como Piñera derrumbó el apoyo que tenía por ambos lados del espectro. 

Esta gobernanza de izquierda quedó de manifiesto con medidas como la ley de identidad de género (traicionando a los conservadores), las fallidas promesas de alivio tributario y de adelgazamiento del Estado (traicionando a liberales), la pobre respuesta a la invasión migratoria (traicionando a los nacionalistas), por poner algunos de los ejemplos más evidentes. Piñera recibió una economía destruida y prometía revertir las nefastas reformas tributarias y educacionales de Bachelet. No cumplió en nada. 

Para entender este fenómeno hay que analizar un aspecto importante del poder que es su capacidad de generar coerción…, si un poder no provoca miedo, entonces no es poder. El gobierno de Piñera traicionó a sus votantes porque el militante de derecha, antes del estallido, era un inocente que creía que bastaba con votar y armar alguna campaña ocasional en Twitter para dirigir las cosas. El despliegue de la izquierda, en cambio, con grupos de presión de todo tipo (sindicatos, Colegio Médico, estudiantes, etc.) más el dominio mediático y la capacidad concreta de hacer daño reputacional o físico, transforman a esa fuerza en un poder formidable que la derecha “de bases” no tiene ni de cerca. 

La “centroderecha” es un niño indefenso que negocia frente a un ogro armado con garrote, y que termina cediendo porque no tiene poder de coerción. Si traiciona a sus votantes a lo más se gana unas cuantas puteadas en Twitter de gente que igual volverá a votar por ellos por ser el “mal menor”. El estallido operó con esta misma lógica llevada a su conclusión obvia: una izquierda ejerciendo coerción y una centroderecha entregada. La “carta maestra” de los militares fue desactivada mediante tácticas de propaganda subversiva. La centroizquierda fue llevada por la misma vorágine de acontecimientos a radicalizarse, con lo cual se consumó una derrota total y absoluta. El tablero está inclinado y nuestros “representantes” no sirven. 

LA PANDEMIA

Esta lógica se ha mantenido con la llegada del COVID-19. Frente a los llamados de la izquierda de encerrarlos a todos y aplicar una renta básica universal (su sueño de que todos dependan del Estado), en muchos países la derecha ha contraatacado de varias maneras. En Brasil, por ejemplo, Bolsonaro, si bien entregó ayudas estatales para paliar los déficits fiscales, se dedicó a privatizar y vender empresas públicas deficitarias, es decir, financiar el gasto achicando al Estado. En Estados Unidos, más específicamente en el Estado de Florida, el gobernador Ron DeSantis se ha transformado en un ejemplo por el bajo número de contagios combinado con la gran libertad de sus ciudadanos, pues no se han impuesto confinamientos sanitarios, ni obligación de usar mascarillas. En Argentina, si bien el presidente se ha transformado en un tirano que ha encerrado a su población con militares en las calles, se han visto masivas marchas populares congregando a cientos de miles en torno a la exigencia de libertad, situación que se ha repetido en otros países como Serbia, Hungría o Polonia. 

En Chile, por el contrario, se ha hecho todo lo que la izquierda ha querido. A comienzos de la pandemia se liberaron un tercio de los presos por presión del Partido Comunista y de Bachelet. Actualmente estamos encerrados en cuarentena a pesar de no existir evidencia concreta de que las cuarentenas sirvan de algo. El gobierno ha entregado más ayudas estatales que cualquier otro país de Latinoamérica y, sin embargo, es presionado a gastar aún más. Próximamente, viene un alza de impuestos que se suma a la liquidación de los ahorros de pensiones de los ciudadanos. No ha habido reducción de gastos innecesarios del Estado, al contrario, se han desbordado. 

La gente, en lugar de buscar volver a trabajar y criticar esta verdadera dictadura sanitaria, se limita a salir a protestar por más bonos y liquidar aún más los ahorros que tienen de sus pensiones. Tal parece ser la dictadura perfecta, con ciudadanos que simplemente quieren que los mantengan. Y nadie dice nada, salvo Axel Kaiser. 

AÚN NO HEMOS TOCADO FONDO

Por supuesto, esta tendencia se va a mantener por varios años, dado que no tenemos fuerza de coerción. La izquierda va a arrasar en la convención constitucional y no sacamos nada con sacar representantes para garantizar tener al menos 1/3 de la convención con Chile Vamos quienes en su mayoría irán a entregarse. Pocas excepciones podremos encontrar en gente como Teresa Marinovic, Chiara Barchiesi o Paz Charpentier, a quienes, de salir electas, habrá que proteger del ataque de las bestias de ultraizquierda y sus amenazas, la maquinaria comunicacional progresista que tendrán en contra y de sus propios “aliados” de partidos inservibles como RN o Evópoli que las apuntarán como «ultraderechistas” si no apoyan los consensos que quiere Fernando Atria. 

Si observamos las consignas de la izquierda de cara a la convención constitucional, lo más probable es que consigan todo lo que quieren, partiendo por un “Estado plurinacional”, que básicamente es darle rango constitucional al fracturamiento de Chile en etnias y un empujón al terrorismo en el sur. También van a instalar toda la agenda progresista. La “familia” va a pasar a ser cualquier cosa, o probablemente instalen al feminismo y la “lucha contra las brechas de género” como elemento fundante del nuevo “pacto”. Incluso podríamos tener secciones escritas con lenguaje inclusivo. También tendremos “avances” en lo que respecta al debilitamiento del derecho de propiedad. Es un hecho que la agricultura se verá afectada con las nuevas definiciones que harán sobre los derechos de aguas. El sistema de reparto, con el cual las pensiones se pagan con deuda, también es casi un hecho. Ni siquiera hay que ilusionarse con el plebiscito de salida. 

Con la “nueva” Constitución vendrán entre 5 a 10 años donde los abogados discutirán cada artículo para determinar qué significa en concreto. Por supuesto, en este escenario de extrema incertidumbre no va a haber ningún inversionista lo suficientemente estúpido como para traer capitales al país. Habrá desempleo, deuda pública, terrorismo y delincuencia en el mejor de los casos. En el peor llega alguien como Daniel Jadue y establece un modelo tipo socialista con sabor a «vino tinto y empanada», pero con diversidad sexual. 

RENACER DESDE LAS CENIZAS

La derecha a principios de los 90’ estaba reunida en torno a partidos políticos. Cuando vieron que con partidos no bastaba, lanzaron los famosos “think tanks” que terminaron siendo máquinas que consumían dinero sin producir resultados (con notables excepciones como la FJG). Aquella porción “intelectual” por lo general giró en torno a dos tesis (en libros que nadie lee) o a sus “brillantes” columnas (con las que creen que hicieron suficiente por Chile) en El Mercurio o La Tercera: 1) La derecha está perdiendo porque es demasiado “neoliberal”; 2) La derecha está perdiendo porque es demasiado “conservadora”. Dentro de sus pobrísimos análisis, suele siempre estar presente ese monstruo creado por los medios de la “ultraderecha” y un constante miedo a no abrir esa caja de Pandora. 

Pero no todo son malas noticias, ya que desde el estallido vimos el auge de una nueva derecha, no reunida en los dos espacios anteriores: la derecha activista…, de calle. Esta nueva versión hizo lo que las otras dos con todo su dinero nunca pudieron hacer: levantar numerosas marchas de miles de personas, crear arte, música, afiches, memes. Incluso crearon sus propias autodefensas, levantaron sus propios líderes de opinión. Hoy tenemos una generación que emergió con YouTube, viendo documentales de Chilemasr, siguiendo las noticias de El Baquedano, viendo los podcasts de El Rincón del Coto, participando de las marchas del Rechazo. Esta nueva generación ha hecho más daño a la izquierda en unos pocos meses que décadas de inútiles políticos millonarios o empresarios han logrado hacer. Y si bien el plebiscito se perdió (habría sido un logro histórico increíble el haber ganado) ha quedado ese activismo y esos lazos de campaña. 

“La tarea es fácil de decir, pero difícil de hacer”: hay que jubilar a la vieja derechasacarla de sus puestos de poderDejar de creer que (simplemente) votando se solucionan los problemas. Criticar a esos inútiles de los think tanksHay que entender que la política es más que elecciones, es la implantación de cosmovisiones, de estilos de vida, de valores. El comunismo se combate todos los días. Como dijeran los muchachos del canal Cerveza y Libertad: “Se debe actuar en días, pensar en décadas”. 

Fuente: revistaindividuo.cl