Columna de Pablo Ortúzar: El Rechazo es mejor para la democracia 

Columna de Pablo Ortúzar: El Rechazo es mejor para la democracia 

El lote interno que controló la UDI durante las últimas dos décadas firmó su propia sentencia de muerte al jugársela por el Rechazo en el plebiscito de entrada. Más allá de verse reventados por la polémica de los retiros (que la izquierda pretendió usar para adquirir votos, aún sabiendo la inflación que vendría), al no articular una posición constructiva en la previa al plebiscito y fallar en tomarle el pulso a la situación política, destruyeron toda posibilidad de hacer una campaña exitosa en la elección de convencionales. 

El miedo mal sopesado a que “Republicanos” capitalizara todo el Rechazo los arrastró a una postura en extremo minoritaria en la que, además, nunca podrían simular ser más duros que Kast y sus aliados, con quienes terminaron compartiendo amargos despojos electorales. Aunque leyeron bien que en la Convención primaría la izquierda, su estrategia para intentar evitarlo sólo empeoró esa tendencia.

Para peor, una vez electa la Convención, muchos entre quienes se la habían jugado por rechazar la creación de la instancia y luego fueron electos convencionales asumieron que su rol era básicamente denunciar y aportillar. Esto, con el costo de partir en dos, entre rechazistas y colaboracionistas, el ya débil campo convencional de la derecha. La irrelevancia se volvió total.

Como guinda de la torta, la ya importante derrota se vio amplificada por la conquista de los escaños reservados indígenas casi exclusivamente por afines a los sectores de izquierda más duros. Y ni hablar de la famosa “Lista del Pueblo”, que había tenido éxito en disfrazar de “independiente” a la ultraizquierda. Un capucha como usted.

Ahora bien, en política democrática es muy importante reconocer la diferencia entre un adversario tropezado y uno acabado. Cuando un adversario importante tropieza, lo mejor es extenderle la mano para, magnanimidad mediante, afianzar la propia posición. Si la izquierda hubiera estado mejor articulada y hubiera sido más inteligente, podrían haber impuesto un tono amigable y republicano en una Convención que ya dominaban por completo, aislando con una sonrisa a los sectores duros de la derecha y conquistando a los colaboracionistas, que estaban ansiosos por participar.

Bastaba pensar dos minutos para darse cuenta de que no era buena idea patear en el suelo a un sector político que venía de ganar dos de las últimas tres elecciones presidenciales. Lo lógico era aprovechar su momento de debilidad para construir acuerdos con ellos que los dejaran dentro del tren del proyecto constitucional, aunque en el vagón de cola. Concederles y hasta lograr que agradecieran una pieza chica y sin calefacción en “la casa de todos”. Pero no cometer el error de tirarlos al patio.

Si los representantes indígenas, que no representaban realmente casi a nadie (como la reciente encuesta CEP vino a reconfirmar), y los “independientes”, que habían pasado con éxito gato por liebre, hubieran mantenido la compostura, habrían podido avanzar sus agendas con sigiloso éxito. Otra lección obvia de la política es que es mejor no ser estruendoso si tu posición es precaria. Y vaya que es precaria la posición de personajes con apoyos electorales ínfimos o cuya elección se sostiene en una farsa.

El producto de la Convención, si hubiera habido algún grado de pensamiento estratégico, habría sido un texto más corto y moderado, con avances importantes en las banderas principales de la izquierda, pero sin estridencias ni gustitos abusivos. Habría sido un programa de convivencia política en vez de un programa de gobierno. Y habría logrado el apoyo de los sectores moderados de derecha. Un texto así ganaba el plebiscito de salida con una facilidad parecida al de entrada.

Sin embargo, la izquierda que asumió el control de la Convención apenas tenía cultura política, y la poca que tenía no era democrática. En la mente de estos personajes, el adversario es un enemigo, y al enemigo se le aniquila. Luego, procedieron a excluir sistemáticamente a la derecha entera. Y a corretear a sus otros enemigos: la centroizquierda. En “la casa de todos” no cabía, al final, casi nadie. Recordemos a Stingo diciendo “los acuerdos los vamos a poner nosotros” y a Baradit jactándose de no aprobarle nada al adversario. Matonaje y venganza, entonces, se tomaron la conducción.

Ahora nos toca, el 4 de septiembre, decidir qué hacer con ese proyecto, cuyos defectos ya son reconocidos casi por todos. La campaña del Rechazo ha reunido a todas las fuerzas políticas excluidas por la Convención, mientras que la del Apruebo es básicamente una campaña de izquierda, como era de esperar. El clima de polarización en torno al plebiscito es el más intenso desde 1989, y muchos se preguntan, cansados de la guerra de trincheras, qué opción tiene más posibilidades de descomprimir el ambiente y ayudar a reparar nuestro sistema democrático.

En mi opinión, sólo el rechazo tendría ese efecto. La izquierda que se tomó la Convención escondió las banderas negras y etnonacionalistas para hacer campaña, pero la celebración de un triunfo del Apruebo estaría tapizada en ellas. Estamos frente a una izquierda que cree más en sus deseos políticos que en la vía democrática para alcanzarlos. El Gabriel Boric de segunda vuelta no es que no exista, pero no puede gobernar con el actual escenario político. Está secuestrado por el Partido Comunista -que ya ha señalado no estar dispuesto a realizar ninguna reforma al texto constitucional si gana el Apruebo- y esa situación sólo empeoraría si gana el Apruebo.

La vergonzosa carta de José Bengoa, académico y antiguo rector de la “Academia de Humanismo Cristiano”, a Héctor Llaitul pidiéndole que la CAM detenga los ataques hasta que gane el Apruebo (guiño-guiño) nos dan una idea del verdadero enemigo a derrotar en estas elecciones: el nihilismo “antineoliberal”, que disfruta ver el mundo arder, pues es incapaz de reconocer algo valioso en él. Es de ese arrogante y destructivo nihilismo que debemos ayudar a sanarse a la nueva izquierda que llegó al poder con Boric. Y la derrota en el plebiscito es su mejor remedio.

El triunfo del Apruebo, además, barrería políticamente con la centroizquierda y la centroderecha. La izquierda dura le diría a la centroizquierda: ganamos sin ustedes. Y la derecha dura le diría a la centroderecha: se los dijimos. Ambos extremos exigirían la rendición incondicional del centro. Se consolidarían dos polos radicales hacia el futuro. Y eso, en un contexto de inflación, crimen descontrolado, desempleo y crisis migratoria ya deberíamos saber dónde termina: en una deriva autoritaria. Es decir, en una disputa a muerte entre populismos matonescos llenos de promesas demagógicas de “solución fácil” a todos los problemas. Acero y plomo.

El triunfo del Rechazo, en cambio, entrega la oportunidad de moderar el proyecto constitucional, dándole protagonismo en ello a los sectores centristas excluidos. Las banderas del proyecto constitucional se mantendrían, pero sus bajadas serían diferentes: paridad, reconocimiento de los pueblos indígenas, protección del medio ambiente, Estado social, regulación de las aguas, derechos sociales y descentralización sin duda estarían en cualquier nuevo borrador, pero de una forma más adecuada y razonable. Sería la Constitución que la Convención habría escrito si no se hubiera dejado llevar por el deseo de dominar y abusar de su poder.

La centroderecha, por otro lado, tendría por fin la oportunidad de reinventarse, dejando atrás la carga ideológica de la dictadura para abrazar un proyecto político pluralista y democrático. Su lealtad al nuevo orden institucional, que es imposible respecto al texto presentado por la Convención, le permitiría ir cerrando los traumas de la Guerra Fría y colaborar de buena gana con la construcción de un Estado social orientado a consolidar nuestras nuevas clases medias. Esta convicción democrática sería sumamente valiosa en un contexto que, como ya señalé, invita a escaramuzas autoritarias.

El Rechazo, por último, obligaría y facilitaría al Presidente Boric inclinar su gobierno hacia el socialismo democrático y alejarse del Partido Comunista. Las banderas negras y etnonacionalistas quedarían guardadas por un buen tiempo. En septiembre habría puro tricolor, de Arica a Punta Arenas.

Fuente: latercera.com