Gato Escalante, periodista de DDHH: «El idealismo de extrema izquierda no es utópico, es criminal»

A sus 75 años, el periodista de investigación de medios como Fortín Mapocho y La Nación, lanzó su libro de memorias: El muro y la montaña. En él, repasa su vida llena de hitos: su militancia en el MAPU, el horror de ser torturado en dictadura, su exilio en Alemania, su retorno a Chile y su carrera periodística cubriendo causas de violaciones a los derechos humanos, en las que tuvo que entrevistar a personajes como Manuel “Mamo” Contreras, Odlanier Mena y Álvaro Corbalán. En esta entrevista concedida a Radio Bío Bío, el Premio Periodismo, Memoria y Derechos Humanos 2016 repasó estas coberturas durante las postrimerías del régimen, el vencer a un cáncer con un diagnóstico terminal y sus reflexiones de la política actual y la de el tiempo previo al Golpe de Estado. Y sobre un posible trato humanitario con los presos de Punta Peuco, aseveró: “Yo estoy de acuerdo con que la persona que está por morirse, desahuciado, que muera en su casa, con su familia. No hay que hacerles lo mismo que ellos hicieron”, asevera. 

Jorge “Gato” Escalante (75), periodista de investigación, le ganó al cáncer de próstata. Aunque siempre se controló, dejó de hacerlo durante un par de años. Fue en esa ventana de tiempo en la que se desarrolló un tumor maligno. En el primer diagnóstico el 2010 le auguraron una esperanza de vida casi terminal: le quedaban entre tres y seis años. 

Fue ahí, en ese instante, que decidió comenzar a escribir sus memorias. Hoy, luego de haberse sometido a distintos tratamientos y lograr vencer su enfermedad, lanzó finalmente su libro biográfico: El Muro y la Montaña (Ceibo, 2021). A lo largo de casi 500 páginas, entregó a sus seguidores una vida llena de acontecimientos escrita de su puño y letra. 

El aspecto del Gato es singular: lleva el pelo largo y cano, una polera que acusa un viaje turístico al sur de Argentina, pantalón blanco y zapatillas de skater rojas. Llegó al café de Providencia, donde concede esta entrevista, sobre un scooter eléctrico de color rojo adaptado para personas con movilidad reducida. En el canasto de transporte lleva dos muletas. 

El destino a veces ofrece giros inesperados: meses después de que el cáncer casi desapareciera, tras un mal año provocado por el cierre del diario La Nación el año 2012 y problemas emocionales, una metástasis llegó a su columna vertebral e hizo que sus huesos se astillaran, perforando la médula espinal. Debió entrar al pabellón.

“Esa segunda vez me operaron durante 13 horas. Me tuvieron que hacer transfusiones, porque perdí mucha sangre”, rememora. 

El nacido y criado en Valparaíso tuvo que enfrentar nuevamente un diagnóstico catastrófico: difícilmente iba a poder volver a caminar. “Mejor no pregunte”, le decían los médicos. Pero gracias a su terapeuta del hospital Clínico de la Universidad de Chile, Eusebio Bravo, consiguió recuperar gran parte de la movilidad. Volvió a trabajar el año 2014. Hoy, se pone de pie sin ayuda. 

Sentado a la sombra de una tarde de verano en Santiago, repasa en esta entrevista matices de una vida llena de singulares eventos y una prolífica carrera en el periodismo: trabajó en el Fortín Mapocho durante los últimos momentos de la dictadura militar y develó a lo largo de sus investigaciones algunos de los pasajes más crudos de ese período del país. Esto le valió en 2016 el Premio Periodismo, Memoria y Derechos Humanos, organizado por el Museo de la Memoria y el Colegio de Periodistas.

Gato, primero que todo, ¿por qué “Gato”?

“Bueno, el apodo Gato no es por la cara de gato. Es porque cuando yo estudiaba leyes en la Católica de Valparaíso, con un compañero del MAPU andábamos detrás de la misma mujer. Era el Mateo Ivanicevic, de padres yugoslavos. Él era un poquitín tímido. Entonces un día fuimos a almorzar al casino, y esta compañera estaba almorzando sola en una mesa. Me acerqué a ella y me di cuenta que él venía detrás. Después, en la tarde me dijo “vos sói como un gato, huevón. Siempre que yo quiero abordarla aparecís de alguna parte, pegai el salto y te adelantái. Como los gatos cuando pegan el zarpazo”. Ahí quedó el nombre ‘Gato’, que se empezó a socializar en la universidad y en el MAPU”. 

Escalante fue militante en el MAPU, Movimiento de Acción Popular Unitaria, escisión del ala más cercana a la izquierda de la Juventud Demócrata Cristiana. Durante esos años de polarización creciente en el país, grupos de militares decían que era marxista. 

“Pero no estábamos inspirados por el marxismo. No nos gustaba el comunismo soviético, porque era demasiado stalinista. Muy totalitario. Conocíamos los crímenes de Stalin. Nunca fuimos prosoviéticos. En cambio, sí éramos pro cubanos. Seguíamos la Revolución Cubana de 1959, el Che Guevara en Bolivia”. 

¿Encuentra similitudes entre lo que pasó antes del Golpe de Estado con lo que se vive hoy? Se habla mucho hoy de que Chile está polarizado.

“La polarización política que se generó hoy, que se gestó en Chile con esta elección entre la izquierda y la ultraderecha, fue muy similar durante el tiempo de Allende. El país estaba súper polarizado. Muy dividido. Recuerdo que había gente discutiendo en las esquinas de las calles. Discutiendo de política. Una politización muy grande”. 

Cuando a usted lo detienen es torturado. Uno de los perpetradores era un compañero del colegio MacKay School, que era infante de Marina. Ese es el tipo de contradicciones de la polarización que se vivía, ¿no?

“Sí, era inexplicable. Y esto fue hacia el final del gobierno de Allende. El país estaba muy polarizado, porque además había mucho sectarismo de la izquierda. Fuimos muy sectarios. Para nosotros, los demócratacristianos eran unos hijos de puta. Para qué decir la derecha: el Partido Nacional, Patria y Libertad. Pero éramos muy sectarios. Todos los que estaban afuera de nuestras posiciones eran reformistas, enemigos de la clase obrera. Incluso a Allende muchas veces nosotros le criticamos esta concepción del socialismo democrático, de la revolución dentro de las instituciones. La revolución con empanadas y vino tinto. Decíamos, no, eso no es lo que queremos. Queremos revolución, dictadura del proletariado, tribunales populares. Y meter presos a los fascistas. Eso era”. 

¿Ese idealismo lo mantiene?

“No, estái loco”. 

¿Es utópico?

“No tan solo es utópico: te diría que es criminal. Pasa que, cuando llegué al exilio, llegué a Berlín Occidental, yo tenía amigos al otro lado del muro. Yo pasé muchas veces a Berlín Este. Y pasando Berlín Este, empecé a conocer las cosas que pasaban allá. La primera sorpresa fue que los menores de 60 años no podían salir de la Alemania Socialista. Tenían prohibido salir. Luego, me enteré de la existencia de la Stasi, el estamento de seguridad del Estado. Me empecé a enterar que perseguían a los disidentes, que habían cárceles, tortura, crímenes”. 

“La Alemania socialista fue súper solidaria con la diáspora chilena. Era un país donde todos -incluyendo sus huéspedes exiliados- tenían salud, trabajo, educación, salario, pensión asegurada. Todo estaba asegurado por el Estado. Y mucha gente se empezó a dar cuenta que estaba bien, pero te controlaban el pensamiento. Si yo era disidente, pasaba a ser un individuo peligroso, un enemigo, y el Estado me perseguía”. 

En parte de su libro detalló las sesiones de tortura a las que fue sometido. ¿Cómo fue el ejercicio de revivir esos momentos?

“Mira, no sé por qué, pero nunca me generó… Yo no tuve abuso sexual, eso es súper importante. Marca una diferencia absolutamente. Me pusieron mucha electricidad, me golpearon. Pero quizás haber sufrido abuso sexual me habría provocado mucha rabia y odio hasta el día de hoy”. 

“En el exilio, cuando hice un balance de mi tiempo en prisión, me di cuenta que no quedé dañado psicológicamente. No sé por qué, nunca supe. Desde los primeros días me empezaron a nacer como mecanismos de defensa”. 

“Por eso en el libro, en las primeras 60 páginas parto con eso, y después me olvido. No porque me jodiera, sino porque mi intención no es llorar en el libro, ni ser lastimero. Quise partir por eso y después, chao. Es algo más de mi vida, pero no es toda mi vida”. 

“Yo no quedé dañado, lo cual para mi fue una alegría muy grande. No sentirme dañado ni tener problemas para conversar. Lo que sí me jodía era que muchas veces en el exilio entre algunos compañeros había una competencia, entre comillas, de quién había sido más torturado. Entonces, “no, pero además de lo que estás contando, me hicieron esto otro”. Eso lo vi en algunos encuentros del MAPU, pero también en algunos encuentros de la izquierda. Lo vi en más de una ocasión. Eso me emputecía, no lo soportaba, Porque en el fondo yo salí victorioso de esto. El terrorismo de Estado salió derrotado conmigo, pero eso lo voy a asumir con mucha humildad. Perder el miedo a la vida y a la muerte, que nada ni nadie te puede destruir ya en tu vida. Adquirir una cuota de racionalidad muy grande, sangre fría… Yo soy súper sentimental, pero es una mezcla bien equilibrada”. 

“Pero cuando me di cuenta de todo esto dije que tenía que asumirlo con mucha humildad. No puedo ser grandilocuente con esto. Porque es un tesoro descubierto que hay que tratarlo con mucho cuidado. No es para andar contándolo o sintiéndote importante. Ni hacer competencias. Ni menos sentirte héroe respecto al resto. Uno respeta mucho lo que le pasó a cada uno. Cada uno lo enfrentó como pudo”.

¿Volvió a ver esa “competencia”?

“Es que hoy, más que competencia, hay una cosa que a mi no me gusta: cuando uno conversa con compañeros que cayeron presos, ya sea por días o meses, que fueron torturados o golpeados… Han pasado más de cuarenta años. Y hablan de que están dañados por eso, de que son víctimas. Muy derrotados. Yo decía, puta, ¿entonces no hiciste nunca nada que te ayudara a ir superando eso, para tomarte la bronca, la venganza, la revancha? De cualquier manera, no lo sé: protestando en la calle, trabajando en un grupo, en una ONG, publicando artículos. Participando en las protestas para botar a la dictadura. Mira, y eso es muy tratado por la psicología que estudia estas situaciones límite. Gente que pasó por los campos de concentración en Alemania”. 

“Por eso en el libro hablo de autores como Víctor Frankl. Él habla de estos temas: ser digno en el sufrimiento. No héroes. Pero puedes estar tan aplastado, tener ningún poder, tener el mundo que se te viene encima, pero siempre tienes la última posibilidad: elegir cómo vas a enfrentar esas circunstancias. Si vas a convertirte en una persona sumisa, no protestante, pero sí digno”. 

“Esa era una de las cosas que más emputecía a los oficiales más inteligentes durante la dictadura en Chile. Y también en los campos de concentración. Los que eran dignos en su sufrimiento. Aunque fueran a la muerte, pero que fueran… Tú podías llorar, pero en una actitud digna. Parado, con la cabeza erguida. No clamando misericordia. Y eso hace súper bien. Porque al final te ayuda a sanar heridas. En mi caso, el aporte que hice en el periodismo, eso me permitió incluso relacionarme con algunos criminales que por lo menos no eran fanáticos que justificaban sus crímenes”.

MIRANDO A LOS OJOS A LA DICTADURA

¿Cómo fue conocer al Mamo Contreras?

“Tuve un encuentro con él. Lo enfrenté en una conferencia de prensa, y le dije que era un mentiroso. Cuando al Mamo lo condenan por el crimen de Orlando Letelier en Washington, junto con Pedro Espinoza, y construyen Punta Peuco, se fue a refugiar a un fundo que tenía en Fresia. El fundo Viejo Roble”. 

“Fui a reportear esto por el diario La Nación. Estuve como 20 días. Y un día sale uno de sus ayudantes, y dice: “Mi general va a dar una conferencia de prensa mañana”. Puta, tremenda noticia. El Mamo va a hablar”. 

“Nos citaron al mediodía siguiente en una casucha de un ambiente, que probablemente era para guardar leña. Habían unas 70 u 80 personas, entre periodistas y camarógrafos. El Mamo entró con dos guardaespaldas. Y contó las mismas historias: que son mentiras, que el marxismo internacional, que él nunca torturó a nadie, que los desaparecidos no existen”. 

“Y escuchándolo, me empezó a bajar bronca y pensé: ‘tengo a este conchesumadre aquí a medio metro. Si no lo enfrento ahora, no lo voy a enfrentar nunca, porque nunca voy a volver a tener la oportunidad de tenerlo tan cerca»”. 

“Y de repente le digo: ‘General, sí se torturó. A mi me torturaron. Y más encima, ¿no le parece una cobardía torturar a la gente amarrada, que no se podía defender?’. Y el Mamo responde: ‘Eso es mentira, a usted dónde lo torturaron?’ ‘En la Infantería de Marina en Viña’, dije. ‘Ahí nunca han torturado a nadie, en la Dina tampoco’, respondió”. 

“Cuando terminó la conferencia de prensa, que terminó poco después de la pelea con él, me levanté y me temblaban las piernas. Pensé que me iba a pegar un balazo. El lugar era estrecho, y el tipo se para, sale, y se para frente a mí. Me sostiene la mirada, con una cara, yo diría, de odio. No le quité la vista, pero sí sentí temor. Él estaba vivo y yo iba a seguir mi profesión, reporteando. Hacía cinco años que recién había terminado la dictadura. O sea, hace cinco años él tenía el poder absoluto. Por algo le construyeron una cárcel especial. Esa fue la única vez que yo creo que he sentido temor”.

¿Recuerda otra experiencia con procesados por violaciones a los derechos humanos?

“Cuando estaba en La Nación entrevisté dos o tres veces a Carlos Herrera Jiménez, mayor de la CNI condenado a cadena perpetua. Es uno de los íconos, junto con el Mamo, Corbalán, Krassnoff”. 

“Era el juicio por el caso del asesinato de Tucapel Jiménez. Él estaba siendo interrogado. Terminó eso, me acerqué y le dije que si me daba una entrevista para La Nación. Y accedió. Fui a entrevistarlo al Batallón de Policía Militar en la calle Club Hípico. Él era Mayor, por lo tanto tenía voz de mando. Y pidió un servicio de once: un barros luco y té con leche, cosas así”. 

“Terminó la entrevista, me paré, se acerca y me abraza. Me dice apretado, con lágrimas en los ojos: ‘Jorge, tú me has dado el trato humano que nunca me dieron mis superiores’. Y yo pensaba que al frente tenía un criminal de tomo y lomo, con la voz un poco quebrada. Y no me soltaba. Me fui y me quedé pensando: ‘Este tipo es raro, es raro que haya hecho eso»”. 

“Después, me di cuenta que el tipo estaba arrepentido de verdad. Fue el único que ha pedido perdón en público. Hay una portada del diario La Hora, un vespertino de La Tercera, con una foto grande de Herrera Jiménez diciendo: ‘Pido perdón»”.

“Después le fui a hacer una entrevista a Punta Peuco. Él era uno de los pocos, eran uno o dos, que tenían celda aparte. Con su cama y su televisor. La verdad es que Punta Peuco es un hotel cuatro estrellas. Y de repente, golpean la puerta. ‘Debe ser el Alvarito’, dijo. Abre y entra Álvaro Corbalán. Recuerdo que tenía un corvo de oro colgado al cuello. Y me dice ‘¿sabes? Álvaro te quiere conocer hace tiempo’. Entonces se para Corbalán y dice ‘usted es Escalante. Puta que me ha dado duro, usted, ¿ah?’. Le dije ‘bueno, es lo que sale en el juicio. No son inventos míos’. ‘Bueno’ -dijo Corbalán- ‘lo quiero conocer’. Me da la mano. Lo dudé, pero se la di”. 

“De repente golpean la puerta. Y entró Basclay Zapata, suboficial, uno de los huevones que violó cualquier cantidad de mujeres presas. El Troglo (Troglodita), le decían. Se sienta en la cama de Herrera Jiménez y dice ‘oiga, qué bueno que usted esté acá. ¿Por qué no nos hace un reportaje? Para que dicten una ley de amnistía’. Le respondí que no venía a eso, que no estaba en mi facultad. Y en esa pieza estaban Herrera Jiménez, Álvaro Corbalán y el Troglo Zapata. Eso sí, con Krassnoff no me topé nunca”.

Y al estar en esa habitación ¿se puso nervioso? 

“Uno se pone inquieto. Te sientes incómodo. Tú no quieres que esos personajes estén ahí. Son tipos que justifican los crímenes. Herrera Jiménez me entregó un documento de unas veinte páginas que me sorprendió las cosas que dice. Firmado por él. Decía que estaba arrepentido, que no entró a la escuela militar para convertirse en un criminal, que los crímenes que cometió fueron en total impunidad, protegidos por el Estado. En fin”. 

¿Está usted de acuerdo con un trato humanitario a esos presos? Quizás no un indulto, pero un trato distinto por su avanzada edad. 

“Yo comparto el derecho humanitario. En España, por ejemplo, los mayores de 70 años no van a la cárcel. Entonces, Pinochet no habría ido a la cárcel si acaso hubiera sido extraditado a España. Hubiera estado preso, pero en su casa. Yo estoy de acuerdo con que la persona que está por morirse, desahuciado, que muera en su casa, con su familia. No hay que hacerles lo mismo que ellos hicieron. Hay que darles la posibilidad de que se arrepientan, que tengan miedo de irse al infierno si es que son creyentes. Pero si están desahuciados, les quedan pocos días de vida, que vayan a morir a su casa”.

“AL PERIODISMO LE FALTA SER CONTESTATARIO” 

¿Está conforme con el periodismo que se hace hoy?

“Hay periodismo y periodismo. Creo que hay muy buenos investigadores. Pero el periodismo de investigación es un periodismo pequeño, que hay una franja pequeña. Y creo que el periodismo debería ser más irreverente. No tan correa transmisora. Yo entiendo que si tú cubres La Moneda o la Convención Constitucional, de alguna manera tratas de condescender. Porque si no, te miran mal y no te invitan a la conferencia de prensa. Te cortan las fuentes. O le dan la información a la competencia, y te van a huevear en tu medio: ‘oye, puta, te golpearon’”. 

“Pero falta establecer esa irreverencia. No se trata de ser insolente, sino ser más contestatario. Yo investigué y sé que usted es culpable, que hizo tal cosa. No me diga que usted no lo ha hecho, o que es inocente. No soy juez para juzgarlo, pero sé que usted hizo esto. Acá están las pruebas. Documentos y testigos. Eso falta. Y que eso se trate de masificar un poco. Es la crítica que la gente de afuera le hace al periodismo hoy: no es contestatario, es muy condescendiente”. 

¿Qué habilidades tiene que tener un buen periodista? 

“De partida, nunca publicar nada si no está completamente seguro. Lo peor que le puede pasar a un periodista es que te desmientan. Que tú no tengas las herramientas para decir: es verdad lo que yo he dicho. Acá están las pruebas. Eso para mi es lo que define primordialmente a un periodista serio. Es la base. Si no tienes la información confirmada, no la publiques”.

El periodismo es lo que se puede probar.

“Exactamente. Lo peor que le puede pasar a un periodista es que te desmientan. Eso te marca. ‘Ah, no, ese huevón es mentiroso. Anda publicando huevás que después no puede sostener’, dicen después”. 

“Y bueno, que sea bien pagado. El periodismo debe distinguir entre los buenos periodistas y los periodistas más o menos. Eso tiene que influir en su sueldo”. 

“Lo otro: yo diría, estar siempre muy bien informado. Leer mucho. Publicar cosas propias. Y andar siempre buscando. Hurgueteando en la basura”. 

¿No falta un poco de calle?

“Sí, también, por supuesto. Falta calle. Lo que decía García Márquez: vayan a pisar la calle. Ahí se hace el periodista. Hay mucho telefonazo hoy y poco reporteo golpeando puertas. Hablando frente a frente con la fuente. No es lo mismo entrevistar una persona por teléfono que ir a verlo a su oficina mirándolo a los ojos. Ahí uno descubre cosas”.

“En mi caso, al poco tiempo de estar en la Nación fui editor nocturno. Me fue bien, pero estuve seis meses y dije que no era para mi. El periodismo no es ser editor. Y siempre pedí no ser editor. Decía ‘páguenme un sueldo de editor, pero no quiero ser editor’. Me gustaba salir, estar afuera. Uno aprende mucho más en la calle”. 

¿Cómo era ser periodista en dictadura?

“Era bonito. Pero siempre había que andar con mucho cuidado. Mirando para atrás, para el lado”. 

Y situándonos en el escenario político hoy, mirando en perspectiva a la dictadura: ¿usted considera a Kast un fascista?

“No sé si fascista, pero lo considero un ultraderechista”. 

¿Son sinónimos?

“Pasa que el fascismo se creó en Italia, con Benito Mussolini durante la Segunda Guerra Mundial. Se usa como sinónimo, pero no son totalmente iguales las dos. No es lo mismo ser un fascista de tomo y lomo que un ultraderechista. Porque además el fascismo implica violencia. Militarización. No, Kast es un tipo ultraconservador, un integrista. Pero no lo considero un fascista como el término fascista implica”. 

¿Es Sebastián Piñera un dictador?

“Chile tiene separación de los poderes del Estado. Y Piñera no maneja ni el Parlamento, ni el Poder Judicial, ni maneja la prensa. Esas son precisamente las cosas que hacen los dictadores: concentran en su mano el poder del Estado. Piñera no gobierna nada hoy”. 

¿Se le ha perdido un poco el respeto a lo que pasó en dictadura, a la memoria histórica, al decirle dictador a Sebastián Piñera? 

“Sí, claro. No le haces bien a la memoria histórica. Entre Pinochet y Piñera hay un mundo de diferencia”.

¿Fue alguna vez amenazado como periodista?

“Muchas veces. Cuando estaba en el Fortín, pero más cuando estaba en La Nación. Ahí me llegaban mensajes por correo, en los 1990 y principios de los 2000. Eran mensajes anónimos con amenazas de muerte. ‘Te vamos a quemar el departamento’. Pero nunca quise hacer alarde. Nunca denuncié. Una vez me llegó un sobre debajo de la puerta del departamento donde vivía. Llegaron a la misma puerta del departamento. Esto fue el año 2005. Era un anónimo, y decía ‘para de mentir con las violaciones a los derechos humanos, no existen, para de atacar a Pinochet y a nuestros héroes, los valientes soldados»”. 

“Una vez me ofrecieron escolta, pero no quise. Iba a ser contraproducente siendo periodista. Esa es otra de las cualidades de ser periodista: hay que andar piolita, sin alardear de los logros de las investigaciones”. 

Usted trabajó con Alberto “Gato” Gamboa, Premio Nacional de Periodismo.

“Sí, fue director del Fortín Mapocho para el tiempo del plebiscito del 1988. Había sido director del Clarín. Era muy creativo. Muy llano, también, para conversar con él. Muy cómico: era chistoso. Hasta poco antes que muriera iba a su departamento a tomar once con él y su compañera Estela Urzúa. Ahí ya hablaba menos”. 

Gamboa hizo gran parte de los titulares más recordados de la prensa chilena en esos años. El más conocido: “Corrió solo y salió segundo”, para el Plebiscito. ¿Cómo era el proceso de creación de titulares con el Gato?

“Era un muy buen titulero. Abrió un día un cajón. Le pregunté qué tenía ahí. Me dijo ‘acá tengo los títulos’. Él proyectaba: ‘Va a pasar tal cosa’. Según lo que iba a pasar, hacía alternativas de titulares, según cómo terminaban las cosas. Y las tenía escritas. Entonces, ocurría el hecho, y el Gato era el primero: ‘Ya, este va a ser el título hoy»”.

DESCUBRIENDO EL HORROR

Uno de los episodios más crudos y emotivos que le tocó reportear a Jorge Escalante fue la Caravana de la Muerte y también el hallazgo de la Fosa de Pisagua en 1990. 

¿Cómo fue investigar y escribir sobre causas de violaciones a los derechos humanos? Empezar a correr esa cortina.

“A ver, yo tengo el cuero duro por todo lo que me pasó. Pero hay un episodio que me entristeció enormemente. Cuando aparecieron las fosas de Pisagua en 1990. Yo fui a cubrir por el Fortín. Estaban sacando tierra los paleros, qué sé yo”. 

“Y de repente me fijo que había un cabro que hacía cosas distintas. Despacito, con una brocha, sacudía un cuerpo, sacando tierra de los lados. Me fijé de repente que el cabro subió. Le dije que me fijé que hacía un trabajo distinto, específicamente con un cuerpo. ‘Es mi padre’, me respondió. Era el procurador del Consejo de Defensa del Estado en Iquique. Cabezas era su apellido. Este cabro era el hijo. ‘¿Cómo lo identificaste?’, le pregunté. ‘Porque se abrochaba siempre la chaqueta mal. Un botón más arriba o más abajo. Y ahí está’. Le pedí una entrevista. Fui a su casa y fue dramático. Un cabro que encuentra a su padre ahí abajo, súper duro. El cabro sabía que su padre estaba desaparecido, que lo habían matado en Pisagua, pero no que estaba en la fosa. Tampoco sabía que la fosa existía. Para él, solo estaban desaparecidos”. 

“La entrevista fue en su casa, y me puse a llorar. Le di un abrazo. Era verlo abajo, parado, mirando. Estaba reconociendo a su padre”. 

Usted también escribió un libro de la Caravana de la Muerte.

“Eso también me afectó mucho. Escribir La misión era matar. Para mí, la Caravana de la Muerte es el episodio más duro de la dictadura. Porque no fue solo un capítulo: dejó como 100 muertos entre el sur y el norte. Y cada uno de ellos fue muy sanguinario: los cortaban con corvo antes de morir, baleados, torturados. Eran matanzas”. 

“Para ese libro leí unos 20 tomos del expediente. Era como la Caravana de la Muerte por dentro. Hablaban los que mataron: coroneles, generales. Habló Arellano Stark, era un cobarde, impresionante, siempre culpó a sus subalternos. Nunca asumió nada”. 

“Escribí ese libro y tenía varios capítulos. Y cada vez que terminaba un episodio, me tenía que tomar dos días libres, por lo menos. Era tal el dolor, que tú veías a los familiares, que también hablaban. Las cosas que habían pasado, cómo los habían encontrado o no encontrado. Eso fue otro episodio, terminaba llorando después de cada uno de los capítulos. Me iba al cine y pasaba uno o dos días sin escribir. Sumergirme en el dolor ajeno fue súper duro”.

¿Fue difícil también reportear en un tiempo donde existía un pacto de silencio entre militares?

“Sí, exactamente. Pero yo no estoy de acuerdo… en general, el pacto de silencio se rompió hace tiempo. Hay pactos y pactos. Hay pactos de gente como Krassnoff, Corbalán, Contreras que sí, ese pacto nunca lo traicionaron. Pero sí tú te pones a leer expedientes te das cuenta que ese pacto de silencio a nivel de suboficiales, conscriptos, capitanes, se rompió hace tiempo. Y declaran, entregan datos, información a los jueces para su investigación”.

¿Hay muchos arrepentidos?

“Hay muchos arrepentidos. Entonces, ese pacto se rompió hace mucho tiempo. Quienes ayudaron a romper ese pacto fueron policías: Sandro Gaete, Abel Lizama, Alejandro Vignolo. Ese fue el núcleo de policías de la Brigada de Derechos Humanos. Ellos trabajaron con el juez Guzmán y con otros jueces”. 

La entrevista concluye. El Gato se levanta y echa a andar su scooter. Ha visto el horror de cerca. La muerte le ha respirado más de una vez en la oreja. Su vida ha dado vueltas constantes sobre su propio eje. Pero se define contento por la vida que llevó. Una vida que comenzó a plasmar hoja por hoja como redactor de un reportaje en primera persona. A punto de partir, Escalante cierra con una reflexión.

“Es raro: a ti te pasan todas estas cosas, y uno descubre la felicidad. Se trata de ser feliz como uno es y vencer todo lo que te pasó en la vida. Esa felicidad es inmensa”.

Fuente: biobiochile.cl